Nosotros preferimos contarles a dónde van.
Un itinerario dice “día 07: visita al Parque Yuanjiajie” y ahí se acaba. No dice que ese parque fue donde el equipo de Avatar encontró sus montañas flotantes, ni que en enero de 2010 le cambiaron el nombre oficial a un pilar de piedra de 150 metros para que se llamara igual que la película.
No dice que los guerreros de Xi’an llevaban más de dos mil años enterrados hasta que en 1974 unos campesinos cavaron un pozo en el lugar equivocado. Ni que el jardín más bonito de Shanghái lo mandó hacer un hijo para sus papás y le costó veinte años.
Eso es lo que cambia un viaje: saber qué están viendo. Lo que sigue no es un programa. Son cinco lugares y por qué valen la pena.
Beijing no se recorre: se atraviesa. Todo aquí está hecho a una escala pensada para que un ser humano se sintiera pequeño frente al poder. Funciona todavía.

Se levantó entre 1406 y 1420. Durante los 505 años siguientes vivieron dentro 24 emperadores — 14 Ming y 10 Qing — en un recinto de casi diez mil habitaciones. Se llamaba prohibida porque nadie entraba ni salía sin permiso del emperador. Ustedes van a entrar caminando.
Más de dos mil años de obra. No la construyó nadie de un solo tirón: cada dinastía le fue agregando su tramo porque el miedo al norte nunca terminó de irse.
Construido en 1420 sobre 267 hectáreas para una sola cosa: que una vez al año el emperador pidiera buenas cosechas. Un imperio entero rezando por comer.
La bienvenida del viaje es con pato laqueado de Beijing: rebanado enfrente de la mesa y envuelto a mano. Hay gente que viaja a esta ciudad nada más por esto.
Xi’an tiene tres mil años de existencia, fue capital imperial y es el punto donde arrancaba la Ruta de la Seda. Se llega en tren bala desde Beijing.
Unos campesinos cavaban buscando agua y sacaron una cabeza de barro. Debajo había un ejército: cerca de seis mil guerreros y caballos de tamaño real, formados, custodiando la tumba del primer emperador de China desde hace más de dos mil años. Lo impresionante no es el número: es que ninguna cara se repite.
Xi’an conserva completa su muralla. Es la única gran ciudad china de la que se puede decir eso.
La Ruta de la Seda no solo traía seda: traía gente. Este barrio lleva más de mil años aquí y a las diez de la noche huele a comino, a cordero y a pan recién hecho. Es la mejor calle de comida del viaje y no está en ningún folleto.

Más de tres mil pilares de arenisca saliendo de la niebla como una ciudad vertical. La UNESCO lo declaró Patrimonio de la Humanidad en 1992. Hollywood lo declaró otro planeta en 2009.


Aquí está la columna de piedra que inspiró las montañas flotantes de la película. Mide 150 metros verticales y en enero de 2010 le cambiaron el nombre oficial: dejó de llamarse Pilar del Cielo del Sur y pasó a llamarse Avatar Hallelujah Mountain. A un lado está el Primer Puente del Mundo: una lámina de roca natural que une dos picos.
7.5 km caminando por el fondo del cañón, con los picos encima y el agua al lado. Es la parte tranquila, y para mucha gente la mejor.
Se sube en un teleférico de 7,455 metros, de los más largos del mundo: cuarenta minutos colgados sobre la ciudad y después sobre el bosque. Arriba, un camino de vidrio pegado al acantilado a 1,430 metros de altura. Y en el corazón de la montaña, un agujero natural de 131 metros de alto — la Puerta del Cielo — al que se llega por 999 escalones, tras una carretera de 99 curvas.
Paseo en barcaza entre paredes verticales. Desde la orilla, gente de la etnia tujia recibe a las lanchas cantando. No es show contratado: así se saluda aquí.
Dos pueblos de madera, agua y minorías étnicas. Es la parte del viaje que nadie espera y de la que todos regresan hablando.


Fundado en el año 202 a.C. Está construido literalmente encima de una cascada de 60 metros, y hay un camino que pasa por detrás de la cortina de agua. Las casas son diaojiaolou: viviendas tujia de madera colgadas del acantilado sobre pilotes. Antes se llamaba Wangcun; le cambiaron el nombre por una película que se filmó aquí en 1986 y así se quedó.
Levantada en 1704. El río Tuo la parte a la mitad y las casas de madera están paradas dentro del agua sobre pilotes. Conviven 28 grupos étnicos — miao, tujia, han — cada uno con su ropa, su música y su comida. Al anochecer se encienden los faroles y el río entero se vuelve un espejo naranja. Esa es la foto que se van a llevar.
El 90% de los viajes a China son Beijing, Xi’an y Shanghái. Furong y Fenghuang son la razón por la que este itinerario no es como los demás.
Después de dos mil años de dinastías, de montañas y de pueblos de madera, el viaje termina en la ciudad que decidió ser el futuro.
De un lado del río, los edificios coloniales de hace un siglo. Del otro, los rascacielos de Pudong. Doscientos metros de agua separan dos siglos y se ven al mismo tiempo, desde el mismo punto. De noche se enciende todo.
Se empezó en 1559. Un funcionario llamado Pan Yunduan tardó veinte años y buena parte de su fortuna en construirlo, y no lo hizo para él: lo hizo para sus papás, para que tuvieran un lugar tranquilo donde envejecer. Casi cinco siglos después el jardín sigue en pie y se puede caminar.
Un templo en activo en medio del centro financiero: incienso, monjes y tráfico a una cuadra. Alrededor, el barrio viejo con sus tejados curvos.


Salidas los jueves · desayuno buffet todos los días
No incluye: ningún servicio que no esté mencionado arriba.
Los mexicanos sí necesitamos visa para China, y el trámite tiene una parte que no se hace por internet: hay que presentarse en persona a dejar huellas digitales. Se hace en el Centro de Solicitud de Visa China, que está en Ciudad de México — en Guadalajara no hay. Están exentos los menores de 14 años, los mayores de 70 y quien ya haya registrado huellas para China en los últimos 5 años. Además, el pasaporte debe tener mínimo 6 meses de vigencia.
Nada de esto es un problema si se empieza con tiempo. Esa parte la planeamos juntos.
Nota del operador: si en temporada de invierno no opera el vuelo directo Xi’an–Zhangjiajie, el trayecto se cubre volando a Changsha y de ahí por carretera hasta Zhangjiajie. En Tianmen puede haber fila para el teleférico en fechas de mucha afluencia. Se los decimos desde ahora para que nadie se lleve sorpresas.
Doce días, cinco ciudades, dos mil años de historia y una montaña que Hollywood tuvo que copiar porque no se le ocurrió nada mejor.
Cuando quieran, nos sentamos a ver fechas, visa y cómo lo acomodamos. Sin prisa y sin letra chiquita.
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